Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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diatamente a la cocina donde sabía que estaba vuestro jubón.
-Entonces es mi ladrón -respondió D'Artagnan-; me quejaré al señor de Tréville, y el señor de
Tréville se quejará al rey.
Luego sacó majestuosamente dos escudos de su bolsillo, se los dio al hostelero, que lo
acompañ, sombrero en mano, hasta la puerta, y subió a su caballo amarillo, que le condujo sin
otro accidente hasta la puerta Saint-Antoine, en París, donde su propietario lo vendió por tres
escudos, lo cual era pagarlo muy bien, dado que D'Artagnan lo había agotado hasta el exceso
durante la última etapa. Además, el chalán a quien D'Artagnan lo cedió por las nueve libras
susodichas no ocultó al joven que sólo le daba aquella exorbitante suma debido a la originalidad
de su color.
D'Artagnan entró, pues, en París a pie, llevando su pequeño paquete bajo el brazo, y caminó
hasta encontrar una habitación de alquiler que convino a la exigüidad de sus recursos. Aquella
habitación era una especie de buhardilla, sita en la calle des Fossoyeurs, cerca del Luxemburgo.
Tan pronto como hubo gastado su último denario, D'Artagnan tomó posesión de su
alojamiento, pasó el resto de la jornada cosiendo su jubón y sus calzas de pasamanería, que su
madre había descosido de un jubón casi nuevo del señor D'Artagnan padre, y que le había dado
a escondidas; luego fue al paseo de la Ferraille , para mandar poner una hoja a su espada; luego
volvió al Louvre para informarse del primer mosquetero que encontró de la ubicación del palacio
del señor de Tréville que estaba situado en la calle del Vieux-Colombier, es decir, precisamente
en las cercanías del cuarto apalabrado por D'Artagnan, circunstancia que le pareció de feliz
augurio para el éxito de su viaje.
Tras ello, contento por la forma en que se había conducido en Meung sin remordimientos por
el pasado, confiando en el presente y lleno de esperanza en el porvenir, se acostó y se durmió
con el sueño del valiente. Aquel sueño, todavía totalmente provinciano, le llevó hasta las nueve de la mañana, hora en
que se levantó para dirigirse al palacio de aquel famoso señor de Tréville, el tercer personaje del
reino según la estimación paterna.

Capítulo ll

La antecámara del señor de Tréuille

El señor de Troisville, como todavía se llamaba su familia en Gas cuña, o el señor de Tréville,
como había terminado por llamarse él mismo en Paris, había empezado en realidad como
D'Artagnan, es decir, sin un cuarto, pero con ese caudal de audacia, de ingenio y de en-
tendimiemto que hace que el más pobre hidalgucho gascón reciba con frecuencia de sus
esperanzas de la herencia paterna más de lo que el más rico gentilhombre de Périgord o de Berry
recibe en realidad. Su bravura insolente, su suerte más insolente todavía en un tiempo en que los
golpes llovían como chuzos, le habían izado a la cima de esa difícil escala que se llama el favor de
la corte, y cuyos escalones había escalado de cuatro en cuatro.
Era el amigo del rey, que honraba mucho, como todos saben, la memoria de su padre Enrique
IV. El padre del señor de Tréville le había servido tan fielmente en sus guerras contra la Liga que,
a falta de dinero contante y sonante -cosa que toda la vida le faltó al bearnés, el cual pagó
siempre sus deudas con la única cosa que nunca necesitó pedir prestada, es decir, con el
ingenio-, que a falta de dinero contante y sonante, decimos, le había autorizado, tras la rendición
de Paris, a tomar por armas un león de oro pasante sobre gules con esta divisa: Fidelis et fortis.
Era mucho para el honor, pero mediano para el bienestar. Por eso, cuando el ilustre compañero
del gran Enrique murió, dejó por única herencia al señor su hijo, su espada y su divisa. Gracias a
este doble don y al nombre sin tacha que lo acompañaba, el señor de Tréville fue admitido en la
casa del joven príncipe, donde se sirvió también de su espada y fue tan fiel a su divisa que Luis
XIII, uno de los buenos aceros del reino, solía decir que si tuviera un amigo en ocasión de
batirse, le daría por consejo tomar por segundo primero a él, y a Tréville después, y quizá incluso
antes que a él.
Por eso Luis XIII tenía un afecto real por Tréville, un afecto de rey, afecto egoísta, es cierto,
pero que no por ello dejaba de ser afecto. Y es que, en aquellos tiempos desgraciados, se
buscaba sobre todo rodearse de hombres del temple de Tréville. Muchos podían tomar por divisa
el epiteto de fuerte, que formaba la segunda parte de su exergo; pero pocos


 

 
 

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