en cuanto a la carta dirigida al señor de
Tréville, había desaparecido.
El joven comenzó por buscar aquella carta con gran impaciencia, volviendo
y revolviendo veinte
veces sus bolsos y bolsillos, buscando y rebuscando en su talego, abriendo y
cerrando su bolso;
pero cuando se hubo convencido de que la carta era inencontrable, entró
en un tercer acceso de
rabia que a punto estuvo de provocarle un nuevo consumo de vino y de aceite
aromatizados;
porque, al ver a aquel joven de mala cabeza acalorarse y amenazar con romper
todo en el
establecimiento si no encontraban su carta, el hostelero había cogido
ya un chu zo, su mujer un
mango de escoba, y sus criados los mismos bastones que habían servido
la víspera.
-¡Mi carta de recomendación! - gritaba D'Artagnan-. ¡Mi carta
de recomendación, por todos los
diablos, a os ensarto a todos como a hortelanos !
Desgraciadamente, una circunstancia se oponía a que el joven cumpliera
su amenaza; y es
que, como ya lo hemos dicho, su espada se había roto en dos trozos durante
la primera refriega,
cosa que él había olvidado por completo. Y de ello resultó
que cuando D'Artagnan quiso
desenvainar, se encontró armado pura y simplemente con un trozo de espada
de ocho o diez
pulgadas más o menos, que el hostelero había encasquetado cuidadosamente
en la vaina. En
cuanto al resto de la hoja, el chef la había ocultado hábilmente
para hacerse una aguja mechera.
Sin embargo, esta decepción no hubiera detenido probablemente a nuestro
fogoso joven, si el
huésped no hubiera pensado que la reclamación que le dirigía
su viajero era perfectamente justa.
-Pero, en realidad -dijo bajando su chuzo-, ¿dónde está
esa carta?
-Sí, ¿dónde está esa carta? -gritó D'Artagnan-.
Os prevengo ante todo que esa carta es para el
señor de Tréville, y que es preciso que aparezca; porque si no
aparece él sabrá de sobra hacerla
aparecer.
Esta amenaza acabó por intimidar al hostelero. Después del rey
y del señor cardenal, el señor
de Tréville era el hombre cuyo nombre era quizá el repetido con
más frecuencia por los militares
a incluso por los burgueses. También estaba el padre Joseph cierto; pero
su nombre a él nunca
le era pronunciado sino en voz baja, ¡tan grande era el terror que inspiraba
la eminencia gris,
como se llamaba al familiar del cardenal!
Por eso, arrojando su chuzo lejos de sí, y ordenando a su mujer hacer
otro tanto con su mango
de escoba y a sus servidores con sus bastones, fue el primero que dio ejemplo
en buscar la carta
perdida.
-¿Es que esa carta encerraba algo precioso? -preguntó el hoste
lero al cabo de un instante de
investigaciones inútiles.
-¡Diablos! ¡Ya lo creo! -exclamó el gascón, que contaba
con aque lla carta para hacer su carrera
en la corte-. Contenía mi fortuna.
-¿Bonos contra el Tesoro? -preguntó el hostelero inquieto.
-Bonos contra la tesorería particular de Su Majestad -respondió
D'Artagnan que, contando con
entrar en el servicio del rey gracias a esta recomendación, creía
poder dar aquella respuesta algo
aventurada sin mentir.
-¡Diablos! -dijo el hostelero completamente desesperado.
-Pero no importa -continuó D'Artagnan con el aplomo nacional-, no importa;
el dinero no es
nada, pero esa carta sí lo era todo. Hubiera preferido perder antes mil
pistolas que perderla.
Nada arriesgaba diciendo veinte mil, pero cierto pudor juvenil lo contuvo.
Un rayo de luz alcanzó de pronto la mente del hostelero, que se daba
a todos los diablos al no
encontrar nada.
-Esa carta no se ha perdido -exclamó.
-¡Ah! - dijo D'Artagnan.
-No; os la han robado.
-¿Robado? ¿Y quién?
-El gentilhombre de ayer. Bajó a la cocina, donde estaba vuestro jubón.
Se quedó allí solo.
Apostaría que ha sido él quien la ha robado.
-¿Lo creéis? -respondió D'Artagnan poco convencido, porque
sabía mejor que nadie la
importancia completamente personal de aquella carta, y no veía en ella
nada que pudiera
provocar la codicia.
El hecho es que ninguno de los criados, ninguno de los viajeros presentes hubiera
ganado nada
poseyendo aquel papel.
-Decís, pues -respondió D'Artagnan-, que sospecháis de
ese impertinente gentilhombre.
-Os digo que estoy seguro -continuó el hostelero-; cuando yo le anuncié
que Vuestra Señoría
era el protegido del señor de Tréville, y que teníais incluso
una carta para ese ilustre
gentilhombre, pareció muy inquieto, me preguntó dónde estaba
aquella carta, y bajó inme-
