Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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gentileshombres
podían reclamar el epíteto de fiel, que formaba la primera. Tréville era uno de estos últimos; era
una de esas raras organizaciones, de inteligencia obediente como la del dogo, de valor ciego, de
vista rápida, de mano pronta, a quien el ojo le había sido dado sólo para ver si el rey estaba
descontento de alguien, y la mano para golpear a ese alguien enfadoso: un Besme, un
Maurevers, un Poltrot de Méré, un Vitry. En fin, en el caso de Tréville, había faltado hasta aquel
entonces la ocasión; pero la acechaba y se prometía cogerla por los pelos si alguna vez pasaba al
alcance de su mano. Por eso hizo Luis XIII a Tréville capitán de sus mosqueteros, que eran a Luis
XIII, por la devoción o mejor por el fanatismo, lo que sus ordinarios eran a Enrique III y lo que
su guarda escocesa a Luis XI. Por su parte, y desde ese punto de vista, el cardenal no le iba a la zaga al rey. Cuando hubo
visto la formidable elite de que Luis XIII se rodeaba, ese segundo, o mejor, ese primer rey de
Francia también había querido tener su guardia. Tuvo por tanto sus mosqueteros como Luis XIII
tenía los suyos, y se veía a estas dos potencias rivales selec cionar para su servicio, en todas las
provincias de Francia a incluso en todos los Estados extranjeros, a los hombres célebres por sus
estocadas. Por eso Richelieu y Luis XIII disputaban a menudo, mientras jugaban su partida de
ajedrez, por la noche, sobre el mérito de sus servidores. Cada cual ponderaba los modales y el
valor de los suyos; y al tiempo que se pronunciaban en voz alta contra los duelos y contra las
riñas, los excitaban por lo bajo a llegar a las manos, y concebían un auténtico pesar o una alegría
inmoderada por la derrota o la victoria de los suyos. Así al menos lo dicen las Memorias de un
hombre que estuvo en algunas de esas derrotas y en muchas de esas victorias.
Tréville había captado el lado débil de su amo, y gracias a esta habilidad debía el largo y
constante favor de un rey que no ha dejado reputación de haber sido muy fiel a sus amistades.
Hacía desfilar a sus mosqueteros entre el cardenal Armand Duplessis con un aire bur lón que
erizaba de cólera el mostacho gris de Su Eminencia. Tréville entendía admirablemente bien la
guerra de aquella época, en la que, cuando no se vivía a expensas del enemigo, se vivía a
expensas de sus compatriotas: sus soldados formaban una legión de jaraneros, indisci plinada
para cualquier otro que no fuera él.
Desaliñados, borrachos, despellejados, los mosqueteros del rey, o mejor los del señor de
Tréville, se desparramaban por las tabernas, por los paseos, por los juegos públicos, gritando
fuerte y retorciéndose los mostachos, haciendo sonar sus espuelas, enfrentándose con placer a
los guardias del señor cardenal cuando los encontraban; luego, desenvainando en plena calle
entre mil bromas; muertos a veces, pero seguros en tal caso de ser llorados y vengados;
matando con frecuencia, y seguros entonces de no enmohecer en prisión, porque allí estaba el
señor de Tréville para reclamarlos. Por eso el señor de Tréville era ala bado en todos los tonos,
cantado en todas las gamas por aquellos hombres que le adoraban y que, bandidos todos como
eran, temblaban ante él como escolares ante su maestro, obedeciendo a la menor palabra y
prestos a hacerse matar para lavar el menor reproche.
El señor de Tréville había usado esta palanca poderosa en favor del rey en primer lugar y de
los amigos del rey, y luego en favor de él mismo y sus amigos. Por lo demás, en ninguna de las
Memorias de esa época que tantas Memorias ha dejado se ve que ese digno gentil hombre haya
sido acusado, ni siquiera por sus enemigos - y los tenía tanto entre las gentes de pluma como
entre las gentes de espada- en ninguna parte se ve, decimos, que ese digno gentilhombre haya
sido acusado de hacerse pagar la cooperación de sus secuaces. Con un raro ingenio para la
intriga, que lo hacía émulo de los mayores intrigantes había permanecido honesto. Es más, a
pesar de las grandes estocadas que dejan a uno derrengado y de los ejercicios penosos que
fatigan, se había convertido en uno de los más galantes trotacalles, en uno de los más finos
lechuguinos, en uno de los más alambicados habladores ampulosos de su época; se hablaba de
las aventuras galantes de Tréville como veinte años antes se había hablado de las de Bassom-
pierre, lo que no era poco decir. El capitán de los mosqueteros era, pues, admirado, temido y
amado, lo cual constituye el apogeo de las fortunas humanas.
Luis XIV absorbió a todos los pequeños astros de su corte en su vasta irradiación; pero su
padre, sol pluribus impar, dejó su esplendor personal a cada uno de sus


 

 
 

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