nuestros deberes de
historiador nos han obligado a trazar su retrato. Don Quijote tomaba los molinos
de viento por
gigantes y los carneros por ejércitos: D'Artagnan tomó cada sonrisa
por un insulto y cada mirada
por una provocación. De ello resultó que tuvo siempre el puño
apretado desde Tarbes hasta
Meung y que, un día con otro, llevó la mano a la empuñadura
de su espada diez veces diarias;
sin embargo, el puño no descendió sobre ninguna mandíbula,
ni la espada salió de su vaina. Y no
es que la vista de la malhadada jaca amarilla no hiciera florecer sonrisas en
los rostros de los que
pasaban; pero como encima de la jaca tintineaba una espada de tamaño
respetable y encima de
esa espada brillaba un ojo más feroz que noble, los que pasaban reprimían
su hilaridad, o, si la
hilaridad dominaba a la prudencia, trataban por lo menos de reírse por
un solo lado, como las
máscaras antiguas. D'Artagnan permaneció, pues, majestuoso a intacto
en su susceptibilidad
hasta esa desafortunada villa de Meung.
Pero aquí, cuando descendía de su caballo a la puerta del Franc
Meunier sin que nadie,
hostelero, mozo o palafrenero, hubiera venido a coger el estribo de montar,
D'Artagnan divisó en
una ventana en treabierta de la planta baja a un gentilhombre de buena estatura
y altivo gesto
aunque de rostro ligeramente ceñudo, hablando con dos personas que parecían
escucharle con
deferencia. D'Artagnan, según su costumbre, creyó muy naturalmente
ser objeto de la
conversación y escuchó. Esta vez D'Artagnan sólo se había
equivocado a medias: no se trataba
de él, sino de su caballo. El gentilhombre parecía enumerar a
sus oyentes todas sus cualidades y
como, según he dicho, los oyentes parecían tener gran deferencia
hacia el narrador, se echaban
a reír a cada instante. Como media sonrisa bastaba para despertar la
irascibi lidad del joven,
fácilmente se comprenderá el efecto que en él produjo tan
ruidosa hilaridad.
Sin embargo, D'Artagnan quiso primero hacerse idea de la fisonomía del
impertinente que se
burlaba de él. Clavó su mirada altiva sobre el extraño
y reconoció un hombre de cuarenta a
cuarenta y cinco años, de ojos negros y penetrantes, de tez pálida,
nariz fuertemente
pronunciada, mostacho negro y perfectamente recortado; iba vestido con un jubón
y calzas
violetas con agujetas de igual color, sin más adorno que las cuchilladas
habituales por las que
pasaba la camisa. Aquellas calzas y aquel jubón, aunque nuevos, parecían
arrugados como vesti-
dos de viaje largo tiempo encerrados en un baúl. D'Artagnan hizo todas
estas observaciones con
la rapidez del observador más minucioso, y, sin duda, por un sentimiento
instintivo que le decía
que aquel des conocido debía tener gran influencia sobre su vida futura.
Y como en el momento en que D'Artagnan fijaba su mirada en el gentilhombre de
jubón
violeta, el gentilhombre hacía respecto a la jaca bearnesa una de sus
más sabias y más
profundas demostraciones, sus dos oyentes estallaron en carcajadas, y él
mismo dejó, contra su
costumbre, vagar visiblemente, si es que se puede hablar así, una pálida
sonrisa sobre su rostro.
Aquella vez no había duda, D'Artagnan era realmente insultado. Por eso,
lleno de tal convicción,
hundió su boina hasta los ojos y, tratando de copiar algunos aires de
corte que había sorprendido
en Gascuña entre los señores de viaje, se adelantó, con
una mano en la guarnición de su espada
y la otra apoyada en la cadera. Desgraciadamente, a medida que avanzaba, la
cólera le
enceguecía más y más, y en vez del discurso digno y altivo
que había preparado para formular su
provocación, sólo halló en la punta de su lengua una personalidad
grosera que acompañ con un
gesto furioso.
-¡Eh, señor! -exclamó-. ¡Señor, que os ocultáis
tras ese postigo! Sí, vos, decidme un poco de
qué os reís, y nos reiremos juntos.
El gentilhombre volvió lentamente los ojos de la montura al caballero,
como si hubiera
necesitado cierto tiempo para comprender que era a él a quien se dirigían
tan extraños
reproches; luego, cuando no pudo albergar ya ninguna duda, su ceño se
frunció ligeramente y
tras una larga pausa, con un acento de ironía y de insolencia imposible
de describir, respondió a
D'Artagnan:
-Yo no os hablo, señor.
-¡Pero yo sí os hablo! -exclamó el joven exasperado por
aquella mezcla de insolencia y de
buenas maneras, de conveniencias y de desdenes.
El desconocido lo miró un instante todavía con su leve sonrisa
y, apartándose de la ventana,
salió lentamente de la hostería para venir a plantarse a dos pasos
