de D'Artagnan frente al
caballo. Su actitud tran quila y su fisonomía burlona habían redoblado
la hilaridad de aquellos con
quienes hablaba y que se habían quedado en la ventana.
D'Artagnan, al verle llegar, sacó su espada un pie fuera de la vaina.
-Decididamente este caballo es, o mejor, fue en su juventud botón de
oro -dijo el desconocido
continuando las investigaciones comenzadas y dirigiéndose a sus oyentes
de la ventana, sin
aparentar en modo alguno notar la exasperación de D'Artagnan, que sin
embargo estaba de pie
entre él y ellos-; es un color muy conocido en botánica, pero
hasta el presente muy raro entre los
caballos.
-¡Así se ríe del caballo quien no osaría reírse
del amo! -exclamó el émulo de Tréville, furioso.
-Señor -prosiguió el desconocido-, no río muy a menudo,
como vos mismo podéis ver por el
aspecto de mi rostro; pero procuro conservar el privilegio de reír cuando
me place.
-¡Y yo -exclamó D'Artagnan- no quiero que nadie ría cuando
no me place!
-¿De verdad, señor? -continuó el desconocido más
tranquilo que nunca-. Pues bien, es muy
justo -y girando sobre sus talones se dispuso a entrar de nuevo en la hostería
por la puerta
principal, bajo la que D'Artagnan, al llegar, había observado un caballo
completamente ensillado.
Pero D'Artagnan no tenía carácter para soltar así a un
hombre que había tenido la insolencia de
burlarse de él. Sacó su espada por entero de la funda y comenzó
a perseguirle gritando:
-¡Volveos, volveos, señor burlón, para que no os hiera por
la es palda!
-¡Herirme a mí! -dijo el otro girando sobre sus talones y mirando
al joven con tanto asombro
como desprecio-. ¡Vamos, vamos, querido, estáis loco!
Luego, en voz baja y como si estuviera hablando consigo mismo:
-Es enojoso -prosiguió-. ¡Qué hallazgo para su majestad,
que busca valientes de cualquier sitio
para reclutar mosqueteros!
Acababa de terminar cuando D'Artagnan le alargó una furiosa estocada
que, de no haber dado
con presteza un salto hacia atrás, es probable que hubiera bromeado por
última vez. El
desconocido vio entonces que la cosa pasaba de broma, sacó su espada,
saludó a su adversario y
se puso gravemente en guardia. Pero en el mismo momento, sus dos oyentes, acompañados
del
hostelero, cayeron sobre D'Artagnan a bastonazos, patadas y empellones. Lo cual
fue una di-
versión tan rápida y tan completa en el ataque, que el adversario
de D'Artagnan, mientras éste
se volvía para hacer frente a aquella lluvia de golpes, envainaba con
la misma precisión, y, de
actor que había dejado de ser, se volvía de nuevo espectador del
combate, papel que cumplió
con su impasibilidad de siempre, mascullando sin embargo:
-¡Vaya peste de gascones! ¡Ponedlo en su caballo naranja, y que
se vaya!
-¡No antes de haberte matado, cobarde! -gritaba D'Artagnan mientras hacía
frente lo mejor
que podía y sin retroceder un paso a sus tres enemigos, que lo molían
a golpes.
-¡Una gasconada más! -murmuró el gentilhombre-. ¡A
fe mía que estos gascones son
incorregibles! ¡Continuad la danza, pues que lo quiere! Cuando esté
cansado ya dirá que tiene
bastante.
Pero el desconocido no sabía con qué clase de testarudo tenía
que habérselas; D'Artagnan no
era hombre que pidiera merced nunca. El combate continuó, pues, algunos
segundos todavía;
por fin, D'Arta gnan, agotado dejó escapar su espada que un golpe rompió
en dos trozos. Otro
golpe que le hirió ligeramente en la frente, lo derribó casi al
mismo tiempo todo ensangrentado y
casi desvanecido.
En este momento fue cuando de todas partes acudieron al lugar de la escena.
El hostelero,
temiendo el escándalo, llevó con la ayuda de sus mozos al herido
a la cocina, donde le fueron
otorgados algunos cuidados.
En cuanto al gentilhombre, había vuelto a ocupar su sitio en la ven
tana y miraba con cierta
impaciencia a todo aquel gentío cuya permanencia allí parecía
causarle viva contrariedad.
-Y bien, ¿qué tal va ese rabioso? -dijo volviéndose al
ruido de la puerta que se abrió y
dirigiéndose al hostelero que venía a informar se sobre su salud.
-¿Vuestra excelencia está sano y salvo? -preguntó el hostelero.
-Sí, completamente sano y salvo, mi querido hostelero, y soy yo quien
os prequnta qué ha
pasado con nuestro joven.
-Ya esta mejor -dijo el hostelero-: se ha desvanecido totalmente.
-¿De verdad? -dijo el gentilhombre.
-Pero antes de desvanecerse ha reunido todas sus fuerzas para llamaros y desafiaros
